Sobre Cine y Literatura. Entrevista epistolar al cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos.

September 28, 2016

Foto Camilo Rozo

 

Entrevista epistolar al cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Especial para Buen Ayre Visual y la Pajarera del Medio.

 

G Jaramillo Rojas: ¿Cómo ha sido tu relación con el cine a lo largo de los años?

Alberto Salcedo Ramos: Ha sido una relación grata. Yo no tengo el fetiche de que el cine hay que verlo en la pantalla grande, con las luces apagadas y las palomitas de maíz a la mano. No me interesa el ritual sino la película, y además me encanta verla a mi ritmo. Ya sabes, ir al baño si quiero, o levantarme por un café. Por eso me gusta ver cine en mi casa. He adquirido en las tiendas un buen número de películas. Con el cine me pasa lo mismo que con la literatura: me da más gusto volver sobre lo que amo que buscar novedades. Cuando se volvió fácil ver películas en casa mejoró mi relación con el cine. Puedo repetir escenas y congelar los cuadros para apreciar mejor ciertos detalles que me llaman la atención.

 

GJR: ¿Crees que lo cinematográfico y lo literario están profundamente hermanados y condenados a encontrarse o hay caminos propios de cada uno donde el otro lenguaje no tiene cabida?

ASR: Son dos lenguajes diferentes con vasos comunicantes entre sí. Es ya un lugar común que el buen libro no necesariamente sirve para hacer una buena película, pero también es cierto que muchas historias han funcionado de maravillas tanto en la literatura como en el cine. Por ejemplo, “El padrino”. El escritor Robert Louis Stevenson decía: “contar historias es escribir sobre gente en acción”. Esto vale tanto para el cine como para la literatura. Eso sí: se trata de dos búsquedas distintas. Es complicado hacer una película con base en un libro. En la entrevista que François Truffaut le hace a Alfred Hitchcock, éste cuenta cómo resolvía el asunto: al leer una novela que le interesaba, se aferraba a la idea que a él le había quedado y se olvidaba para siempre del libro. Yo acudiría a la analogía de mi amigo Carlos Sánchez Ocampo: el cine y la literatura pertenecen a la misma casa pero son dos habitaciones distintas.   

GJR: Hay quienes consideran que el cine es un modo de expresión tan nuevo que, necesariamente, debe ser completamente diferente de la literatura. ¿Lo crees así? ¿Qué opinas?

ASR: Como dije, tanto el cine como la literatura tienen su propio lenguaje aunque haya vasos comunicantes entre ellos. Ciertos recursos que funcionan bien en el cine resultan chillones o inútiles en la literatura, y viceversa. Las descripciones literarias en el cine son un pleonasmo, y el exceso de imágenes visuales en la literatura puede ser contraproducente. Eso sí: hay recursos que pasan sin tropiezos de un lugar a otro. La literatura narrativa se enriqueció cuando empezó a utilizar los efectos de montaje propios del cine, y el cine resolvió un problema técnico cuando acudió al monólogo interior de los novelistas.

 

GJR: ¿Consideras que el cine es un producto estricto de la literatura o sólo una expresión de ella?

ASR: Hace poco presenté en la Fiesta del Libro de Medellín el libro ‘Ópera prima’, del antioqueño Javier Mejía. Es un libro de entrevistas a varios directores de cine colombianos. Allí encontré una explicación que me pareció aguda. Sergio Cabrera cuenta que creció en un teatro, pues su padre era dramaturgo. Desde niño Sergio vio actores ensayando. Un día, cuando era adolescente, Sergio recibió como regalo una cámara fotográfica. Entonces pensó que si sumaba las fotos de su cámara nueva con las acciones del teatro que había visto desde siempre, le saldría cine. Nunca he creído que el cine sea un producto de la literatura ni una mera expresión de ella, aunque a ratos se sirva de sus recursos.

 

GJR: El cine ha recibido de la literatura relatos, argumentos, formas y cualidades. La literatura, en todo el último siglo, ha venido recibiendo del cine diferentes modos de narrar, concertando nuevas miradas y objetivos tanto ficcionales como documentales, e incluso estilos. Teniendo en cuenta todo esto ¿Ha influido el cine en tu carrera como cronista?

ASR: Totalmente. En mis relatos también hay fundidos, y se siente el gusto por las escenas. ¿Recuerdas la primera escena de El Padrino I? Aparece Amerigo Bonasera hablándole a alguien que el público no ve. Durante más de tres minutos Bonasera le pide a ese ser al que no vemos que haga justicia, pues su hija fue violada por dos tipos. Francis Ford Coppola nos oculta en principio el rostro del ser al que se dirige Bonasera, porque de ese modo resalta su poder. De entrada se nos revela que el Padrino es como Dios: aunque no lo veamos es omnipresente y omnipotente. El cine es rico en estos recursos que enriquecen la narrativa literaria. Fíjate que Juan José Hoyos, en la crónica “Un fin de semana con Pablo Escobar”, utiliza el mismo recurso de Coppola. Al principio aparecen unas garzas blancas posándose en las copas de unos árboles, y sólo en el tercer párrafo entra en acción Pablo Escobar diciendo que él contrató cien hombres para que les enseñaran a esas garzas a dormir de día. Al ocultarlo en los primeros párrafos Juan José Hoyos resalta su poder.

 El Padrino de Francis Ford Coppola. Adaptación de la novela homónima de Mario Puzzo.

 

GJR: Para muchos el cine ha dejado de ser un arte y se ha convertido explícitamente en un espectáculo. ¿Algo así pasó alguna vez en la literatura o crees que pueda llegar a pasar?

ASR: Siempre hay mal cine y buen cine, y lo mismo pasa con la literatura. Es justo que cada quien escoja lo que le plazca. El cine comercial y la literatura comercial comparten gustos y calamidades, pero uno como lector o como espectador tiene otras opciones.

 

GJR: Fernando Vallejo asegura que el cine es un lenguaje muy menor al lado de la literatura, así como la literatura es infinitamente inferior a la música ¿Qué piensas de esta afirmación?

ASR: Estoy de acuerdo con él, pero prefiero disfrutar plenamente del cine, de la música y de la literatura que ponerme a establecer esas categorías.  

 

GJR: La palabra es la unidad fundamental de la literatura y sin ella no habría cine. ¿Sin imagen (que es la unidad elemental del cine) crees que podría haber literatura? 

ASR: En estos tiempos el cine sin palabras no sólo sería mudo, sino además sordo. Tampoco concibo una literatura sin imágenes. La palabra y la imagen son inseparables. Cuando tú nombras con el lenguaje, imaginas lo nombrado, y cuando ves una imagen, piensas en la palabra que la designa. Muchos grandes directores de cine contemporáneos dicen sentir nostalgia por el cine mudo, pero siguen haciendo sus películas con palabras. También hay literatos que despotrican del cine pero se sirven de sus recursos.

 

GJR: Hay adaptaciones e inspiraciones de todo a todo: del teatro al teatro (Antígona de Sófocles y la versión diferenciada de Bertol Brecht), de la poesía a la escultura (Las flores del mal de Baudelaire y El pensador de Rodin), de la música a la literatura (La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky y la novela homónima de Alejo Carpentier), de la literatura a la música (los amores de Paolo y Francesca de La Divina Comedia de Dante recreados en Francesca de Rimini de Tchaikowsky) de la arquitectura al cine (Metrópolis de Fritz Lang) y tal vez la más explotada de todas las adaptaciones entre otras muchísimas: de la literatura al cine (Muerte en Venecia de Tomas Mann recreada por Luchino Visconti) Con todo esto y en todos los sentidos y tránsitos omitidos más por espacio que por otra cosa ¿Consideras que existen las adaptaciones perfectas o fidedignas o más bien todo se reduce al universo de la inspiración? Y ¿Los lenguajes, además de ser diferentes, pueden resultar incompatibles?

ASR: Quien adapta necesita tomar su propio camino, no quedarse atado a la obra original. Yo sí creo que puede haber lenguajes incompatibles. La obra de García Márquez tiene un preciosismo estético que depende en gran parte de la resonancia poética y musical de sus palabras. ¿Cómo traduces eso al cine? Sí, claro, puedes poner en escena las situaciones que Gabo escribió, pero al hacerlo sin la voz y sin el tono de él, cambia el asunto. Gabo pareciera ser el único que conoce el Ábrete Sésamo de su universo literario. Los directores de cine que lo han intentado no han podido. Quizá lo logrará el que sea capaz de aplicar aquello de Hitchcock que mencioné hace un momento: trabajar sobre su idea y olvidarse de Gabo.    

 

GJR: Riccioto Canudo es el responsable de que desde 1914 el cine sea considerado el Séptimo Arte cuando escribió su Manifiesto de las Siete Artes, allí él abordó y definió al cine como una síntesis de las artes en donde se ve y se oye, y que con su capacidad de rememoración también hace posible que se huela, se deguste, se palpe y, en definitiva, se sienta. ¿Con respecto a la literatura y la escritura y, en general para con todo el mundo del arte, estás de acuerdo con esta afirmación que unifica todo dentro del cine o crees que las cosas han cambiado o nunca fueron así?

ASR: En el famoso prólogo de ‘Música para camaleones’, Truman Capote nos cuenta que cuando comenzó a escribir sintió que era algo divertido. Dejó de serlo cuando aprendió la diferencia entre escribir bien y escribir mal. Luego hizo un descubrimiento más aterrador: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero. Supongo que esto vale para el cine, aunque yo sinceramente no me creo con el juicio suficiente para establecer si una película es o no es arte. George Bernard Shaw decía que la función de cualquier arte es permitirnos ver nuestra propia alma, y eso es algo que uno ha sentido viendo ciertas películas.

 

GJR: ¿Qué tipo de conocimientos o sentimientos es incapaz de aglutinar el cine en relación a la literatura o qué tiene el cine que no tenga la literatura?

ASR: Joan Didion dice en una entrevista que ella al principio no quería ser escritora sino actriz. Después cambió de idea porque descubrió que tanto el escritor como el actor buscan lo mismo: hacer creer, hacer sentir. En el cine es más evidente porque ves rostros, acciones, lágrimas, y eso te puede llevar a una empatía más fácil. Sin embargo, en la literatura también se presenta.

 

GJR: El polifacético Howard Hawks dijo en alguna ocasión que para hacer cine hacen falta tres cosas: Una buena historia, una buena historia y una buena historia. ¿Se aplica para la creación literaria o para el periodismo narrativo?

ASR: Absolutamente. Si no tienes una buena historia no tienes nada. Uno de los narradores que han defendido con más ardor e inteligencia el valor de las historias fue Hemingway. Una vez lo expresó en estos términos: “un escritor malo debería pensar en ahorcarse. Así, por lo menos, ya tendría la historia del ahorcamiento para empezar”. Como ves, si tienes una buena historia puedes hasta morirte.

 

GJR: ¿Lo bello, lo feo, lo horroroso y lo sublime en cine es igual a lo bello, lo feo, lo horroroso y lo sublime en literatura?

ASR: No estoy seguro de que la sensación de uno como espectador de cine y como lector sea igual, pero tanto en el cine como en la literatura uno encuentra lo bello, lo feo, lo horroroso y lo sublime.

 

GJR: ¿Qué huellas o impresiones personales, sensibles, estéticas, sociales, etc., ha dejado el mundo del cine en la obra de no ficción de Alberto Salcedo Ramos?

ASR: En el buen cine no sólo vemos actores haciendo representaciones: sobre todo, nos vemos reflejados nosotros mismos, con nuestros miedos, con nuestros traumas, con nuestras fragilidades, con nuestras pequeñas victorias. El cine, más que una ventana por la que nos asomamos para ver hacia afuera, es como un espejo que nos devuelve nuestro propio rostro. La literatura también nos ayuda a descifrarnos, a entendernos. El arte narrativo, en general, permite explorar la condición humana.

 

GJR: Teniendo en cuenta tu larga trayectoria en periodismo narrativo ¿Nunca escribiste o te surgió la posibilidad o la idea de escribir un guión documental? Si La respuesta es sí ¿Qué pasó?

ASR: Hice televisión documental durante muchos años. Dirigí y escribí algunas series como Vida de barrio y Vámonos caminando. Me sirvieron para recorrer Colombia y descubrir historias que luego han aparecido también en mis libros. Por ejemplo, la de la señora damnificada de Armero que aparece en “De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho” y la del hombre que cuenta chistes en los velorios incluida en “La eterna parranda”. Hace rato no me arrimo a ese mundo de lo documental en televisión.

 

GJR: ¿Cuál o cuáles de tus crónicas te gustaría rehacer cinematográficamente? ¿Lo harías dentro del molde argumental o documental?

ASR: Me gustaría que se llevara al cine la historia de Pambelé contada en mi libro ‘El oro y la oscuridad’. La preferiría en el molde argumental, definitivamente. También me gustaría que se hiciera una película sobre mi crónica ‘Los ángeles de Lupe Pintor’. Es la historia de un excampeón mundial de boxeo que le ocasionó la muerte a un rival, y años después se volvió amigo del padre de su víctima. Delante de mí, la esposa de Lupe Pintor le agarró el puño y me lo mostró. Me dijo que nosotros, los amantes del boxeo, sólo conocimos esa parte de las manos que su marido usaba para trabajar, es decir, los nudillos, pero que ella había conocido la parte suave, y en este punto me mostró las palmas. Es la parte que Lupe utiliza para acariciar a sus hijos, para prodigarse en el afecto. Ella acudió a ese gesto algo teatral para dejarme en claro que la muerte ocasionada por su marido en el ring había sido sólo un accidente.

 

 

Kid Pambelé, exboxeador colombiano dos veces campeón mundial del peso welter junior. 

  

GJR: Cuéntanos un poco a propósito de las relaciones, correspondencias o imposibilidades que existen entre los universos del cine y el periodismo.

ASR: También entre estas dos disciplinas hay vasos comunicantes, sobre todo entre el periodismo y el cine documental. Me siento incapaz de hacer cine, pero sé que algunas historias que he contado como periodista narrativo podrían funcionar en ese ámbito. Hay un cortometraje de Víctor Gaviria basado en mi crónica ‘El gol que costó un muerto’.  

 

GJR: ¿Qué piensas de la crítica cinematográfica? ¿La has ejercido?

ASR: Me parece necesaria y además me gusta. Yo, en todo caso, nunca leo una crítica sin haber visto antes la película. Prefiero acercarme sin prejuicios y encantarme o desencantarme por mi propia cuenta. Nunca he ejercido esa actividad, pero me gustaría hacerlo, al menos durante un tiempo. Eso me haría ver más cine del que veo.

 

GJR: Para la construcción de tus personajes y tus historias de no ficción ¿Cómo trabajas las imágenes en función de la narración? ¿Te influencia más la literatura o alguna ves te has sorprendido utilizando herramientas o técnicas del “contar” cinematográfico?

ASR: A mí no me toca “construir personajes” sino retratar los que encuentro en mi trabajo como reportero. Para ello siempre tengo a la vista aquello que ya cité de Robert Louis Stevenson: “contar historias es escribir sobre gente en acción”. Procuro que la gente me permita ser testigo de cómo vive en su cotidianidad. De ese modo encuentro las escenas que me permiten revelar su esencia. Utilizo recursos del cine, insisto, pero le doy prioridad a lo literario, pues lo mío es la escritura.

 

GJR: ¿Encuentras diferencias substanciales en las formas de sumersión, investigación y seguimiento a un tema, contexto y/o personaje entre el periodismo narrativo y el formato documental audiovisual o crees que hay una hermandad irreductible?

ASR: Hay una hermandad evidente.

 

GJR: ¿Recuerdas especialmente alguna adaptación cinematográfica?  ¿Por qué?

ASR: ‘Un tranvía llamado deseo’.  A pesar de que su gramática visual hoy se siente envejecida, tiene una gran tensión dramática que sigue siendo perturbadora.

 

GJR: ¿Sigues el cine colombiano? ¿Qué piensas de lo cosechado en los últimos años?

ASR: He visto con emoción varias películas colombianas, como Rodrido D No futuro y El abrazo de la serpiente, así como los maravillosos documentales de Luis Ospina, que podrían tutearse con cualquier gran pieza del género más allá de nuestras fronteras.

 

GJR: Las tres películas colombianas que más te gustan.

ASR: Rodrigo D No futuro, El abrazo de la serpiente y Un tigre de papel.

 

GJR: Un puñado de películas y/o directores inolvidables para ti.

ASR: “La familia” y “El baile” de Ettore Scola. “Comer, beber, amar”, de Ang Lee, “Media noche en París”, de Woody Allen, “Psicosis”, de Alfred Hitchcock, “Ciudadano Kane”, de Orson Welles, “8 ½”, de Fellini, “El Padrino I”, de Francis Ford Coppola. 

 

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